jueves, 8 de septiembre de 2016

En verdad: La plaza del centro

Plaza 24 de Septiembre
Al fondo se ve la Casa de la Cultura
Todos los días llegábamos un poco antes de las 18:00 a la plaza 24 de septiembre. Nos sentábamos en una banca frente a la Casa de la Cultura y esperábamos a que uno a uno llegaran todos los que faltaban... aunque siempre faltara alguien.

Ahí, en esa banca, lloré la muerte de mi abuelo y frente a esa banca conversé con aquél señor que aseguraba haber sido vecino de Zitarrosa (y que ahora se dedicaba a vender copias de discos inconseguibles de música latinoamericana).

A la derecha y en frente de nuestra banca existe una esquina que, por alguna razón, siempre derrama un viento fuerte. Ahí mismo se yerguen las oficinas de la universidad... pero nunca llegaron vientos de cambio. A pesar de ello, allí mismo, sobre la calle libertad (qué curioso), frente a esa esquina me estrené en las marchas universitarias y me enfrenté con la policía cuando marchábamos exigiendo mayor presupuesto para la universidad... de ahí corríamos cuando el humo de gas lacrimógeno nos envolvía.

Llegar a esa banca implicaba siempre encontrarse con alguien conocido. Invariablemente, alguien del barrio o de la escuela estaba entrando al teatro, saliendo del cine Palace o avanzando hacia las oficinas de correos... o simplemente acudía a sentarse un rato mientras se despejaba el bochorno de la tarde.

Plaza 24 de Septiembre
Al fondo se ve la catedral
Un día regresé y habían retirado las mesitas en las que los ancianos se sentaban a jugar ajedrez, la calle Ayacucho había sido cerrada para hacerse peatonal... ya los amigos no acudían al caer la tarde, ahora otra generación llegaba esgrimiendo smartphones y tablets... hasta la Casa de Cultura (que había sido escenario de presentaciones innumerables a lo largo de toda la vida) era distinta... pero nuestra banca estaba todavía ahí, y de alguna manera la esquina de los vientos había sobrevivido al ataque posmoderno de los cambios y todavía te despeina cuando caminas hacia el Victory, donde ya no me tomo un café.

Una de las cosas que mi hija disfruta cuando vamos a Santa Cruz es ir a la Plaza a lanzar maíz a las palomas que ahí se reúnen y que -extrañamente- de tanto en tanto, como un ejército entrenado, levanta el vuelo y revolotea de la catedral al banco Argentino, para volver a comer de la mano de mi familia.

Lo que sucedía, por ponerlo en una frase sencilla, simplemente era la vida. Así, simplemente eso. Todavía no conocía a mi Salvador pero Él desde entonces me cuidaba y sostenía.
A veces la vida desenvuelve sorpresivos desencantos o desata crisis de risa, pero otras tantas veces, muchas, muchas veces, simplemente transcurre como un río suave... día a día, mientras todo se mueve y los cielos cuentan incesantemente la gloria de Dios (Salmo 19).

La plaza 24 de Septiembre está justo en el centro de la ciudad y fue por años el centro de mis actividades... Curiosamente hace un par de días, desperté con una canción en la mente, una canción que cuenta la historia de una plaza. Aquí va y que sirva de homenaje a esa Santa Cruz de la Sierra que fue mi casa año tras año.