domingo, 18 de octubre de 2015

El hambre y el pecado...

El pecado en nuestras vidas demanda ser alimentado. Molesta, estorba y gime por alimento. La trampa es que nuestra carne a veces razona pensando que si lo alimentamos un poco dejará de molestarnos... y por tanto cedemos.

La realidad es que, al igual que el fuego, el pecado crece en su voracidad con cada bocado que obtiene de nuestra vida; y crece hasta devorarlo todo... nunca tiene misericordia, nunca tiene saciedad. Por ello es que la Biblia nos exhorta a no alimentar los deseos carnales que batallan contra nuestra alma (1 Pedro 2:11). 

Sí, así es, esta lucha no tiene cuartel ni descanso. Si en el cansancio de la lucha cotidiana cedemos y concedemos ventaja a la carne, el pecado, lejos de saciarse despierta con más hambre.

"Por eso, dispónganse para actuar con inteligencia; tengan dominio propio; pongan su esperanza completamente en la gracia que se les dará cuando se revele Jesucristo. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia. Mas bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: "Sean santos, porque yo soy santo." Ya que invocan como Padre al que juzga con imparcialidad las obras de cada uno, vivan con temor reverente mientras sean peregrinos en este mundo."
(1 Pedro 1:13-17)

Pensaba en eso cuando resonaba en mi mente un fabuloso poema de Rubén Darío que habla de un lobo y su relación con un pueblito italiano... pero eso se los contaré la próxima semana.