lunes, 28 de septiembre de 2009

La esperanza, La Palabra del Evangelio, la Gracia de Dios

“habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad”

Colosenses 1:4-6


Los colosenses habían aprendido a amar a todos los santos porque tenían clara cuál era la esperanza que les estaba guardada en los cielos, y esa esperanza la conocieron cuando llegó a ellos La Palabra del Evangelio, por eso en sus vidas había ese amor a los santos, porque no sólo había oído la Gracia de Dios, sino que la oyeron y la conocieron.

La Palabra verdadera del evangelio llega a mí no como una conquista particular o como resultado de mis esfuerzos, sino simplemente como un regalo de Dios: Él la envía y llega a mí por Su Gracia (Juan 1:12-13). Por otro lado, es claro que si la Palabra llega a mí, ésta siempre lleva fruto y crece en mi vida, ya que La Palabra produce Fe en mí (Romanos 10:17) y esa Fe salvadora siempre lleva un fruto evidente (Santiago 2:17).

Yo necesito oír la Gracia de Dios cada día (no sólo oír “de la Gracia” sino “oír la Gracia”), esto es permanecer en Su Palabra constantemente y, luego de oír La Gracia, necesito conocerla, es decir, caminar en ella, descansar en ella, vivir en ella, saber y creer que Dios me salvó sin merecerlo. (Salmo 34:8)