lunes, 30 de junio de 2008

¡¡Unánimes!!

Hola, ya sabes que cuando canto, a veces desafino un poco y mi voz, muy a pesar mío, no tiene el color ni el timbre de la seda; eso no significaría ningún problema si no fuera que me gusta mucho cantar y bueno, debido a los detalles que acabo de contarte, canto solamente cuando no hay nadie cerca o en voz muy bajita.

Pero el otro domingo cuando estábamos cantando en la alabanza y de pronto se fue la luz, las voces y los instrumentos en el escenario desaparecieron detrás de las voces de toda la iglesia.

En un instante y sin premeditación dejó de escucharse la voz de los solistas y, suspendido en el aire, sólo se escuchaba la voz gruesa y multitímbrica de todos los que ahí estábamos reunidos.

Supongo que no soy el único que desafina cuando canta, seguramente hay otros como yo en la congregación, pero ahí, con mi voz sumada a las voces de todos no existió la desafinación, sólo se oía una voz común que se elevaba, y que a pesar de que todos cantaban bajito (casi en susurros) se podía oír una voz fuerte y dulce en todo el salón. Una voz que no era de nadie y que a la vez era de todos. Y yo cantaba en medio ¡y no se oía desafinado!

Entonces entendí bien porqué Dios nos quiere juntos, en comunión y en alabanza. Cuando cantamos juntos las voces afinadas ayudan a afinar las imperfecciones de los que no son tan afortunados, las voces chillonas, las voces raspadas, las voces ásperas se unen a las voces empalagadoramente dulces, a las voces bellas y a las voces finas, y el resultado final es magnífico.

Si somos un sólo cuerpo (Romanos 12:4-5), tenemos una sola voz, que es la suma de nuestras voces, y ya no es ni mi voz ni la tuya sino la de Cristo… y esa es la voz que el mundo necesita oír. Nuestra voz se afina en el conjunto de voces cuando estamos unánimes, cantando una misma cosa y al mismo tiempo, decía Pablo: “para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestros Señor Jesucristo” (Romanos 15:6), “porque de Él, por Él y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Romanos 11:36)